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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Instintos Peligrosos - Cap 7 - Naty Celeste


Summary: Qué hubiera pasado si los papeles se hubieran invertido?

Disclaimer: Los personajes son de la grandiosa Stephenie Meyer, y la historia es mía =D

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Capítulo 7 Volviendo a empezar

A penas una semana después, el señor Banner ya estaba en su puesto de nuevo. Se había recuperado correctamente y las clases volvían a ser las de siempre… pero para Edward ya nada era lo mismo. Al igual que con el resto del día, todo lo que hacía era pensar en ella. Incluso entonces, cuando el profesor exponía un tema nuevo, sobre el que jamás había leído antes, todo lo que podía hacer era mantenerse callado, mirando a la nada y pensando en Bella.

Todo era simplemente demasiado. No podía conciliar la idea de que ella hubiera llegado a significar tanto para él en tan poco tiempo. Era todo lo que quería, todo en lo que pensaba, y de más estaba decirlo: lo único que ocupaba su corazón.

Y el sentimiento más horroroso… la extrañaba. De acuerdo, quizás la había visto la noche anterior, y por la mañana antes de salir a correr, pero la echaba de menos. Se la imaginó en frente de la clase, dictando los temas que daba el señor Banner ahora, logrando alterarse por la sola idea de visualizarla en el frente del salón, con tacones altos y falda ajustada.

Tuvo que evitar gruñir, por el bien de su expediente y su reputación. En los últimos días se había transformado en algo más que un animal. Deseoso, insensato, lujurioso… completamente idiota.

Al llegar de la escuela, después de las tortuosas horas de infierno en el instituto, Esme no estaba en casa, como de costumbre. Era diseñadora de interiores, así que probablemente habría conseguido un trabajo en Seattle, o algo así. Sin perder el tiempo, aventó sus libros al sillón de un lado de la entrada y subió las escaleras a la carrera. Sabía que ella estaría esperándolo. Casi podía sentirla en su habitación. Y ciertamente podía sentir la tensión en su propio cuerpo, anticipando su contacto.

Ni siquiera pudo entrar por completo a la habitación antes de que Bella estuviera en sus brazos, besándolo. Últimamente, eso era todo lo que hacían, pasar el tiempo juntos, en la cama o en cualquier rincón disponible de la casa. Y como sus padres, rara vez estaban en casa, era fácil dejarse llevar en todo momento.

- ¿Qué me dices de salir? –murmuró Edward de repente, sacando a Bella de sus pensamientos. Ambos permanecían en el cuarto de invitados, donde habían terminado ante la imposibilidad de llegar a la habitación de él con la ropa puesta. Ahora Bella descansaba su cabeza en su pecho mientras él dibujaba figuras en su espalda desnuda. Aunque nunca lo hubiera admitido, disfrutaba escuchando su corazón, pero se incorporó para mirarlo cuando habló, rompiendo el silencio.

- ¿Salir? ¿A dónde? –preguntó. Él se encogió de hombros con media sonrisa asomándosele por el rostro.

- No lo se, solo salir. A caminar, a correr, a bailar, lo que quieras –ella sonrió en respuesta. Eran casi las cinco de la tarde, pero adoraba ese pueblo. Ni un rayo de Sol atravesaba la gruesa capa de nubes, y todo lo que quería era salir… bueno, casi todo. De todos modos, pensó que él necesitaría un tiempo para recuperar las fuerzas, así que asintió enérgicamente y comenzó a incorporarse.

Al salir, caminaron alejándose del pueblo. Ambos lo creyeron prudente, pues incluso aunque Bella ya no fuera profesora en el instituto, si los hubieran visto juntos, hubiera ocasionado enormes problemas para ambos.

Para Edward hubiera significado la destrucción absoluta de una reputación que tanto le había costado, y un futuro que ya no estaba seguro de querer perseguir. Mientras que para Bella, podía significar el escándalo, y una investigación policíaca que podría llevar a descubrirla, ya fuera con los humanos, ya fuera con los Volturi. Se estremeció al pensar en lo que podría suceder si la atraparan los Volturi, no estaba segura de que perdonaran una traición como la que había cometido. Se había escapado, los había invadido, incluso había tenido que cercenar parte de la guardia para hacerlo. No estaba segura de qué tanto Aro, Marco y Cayo soportarían de la pérdida de Félix.

Pero el débil temblor en sus manos se detuvo cuando Edward notó que algo le molestaba y entrelazó sus dedos con los suyos. Sintió como el calor se colaba desde sus dedos, por su brazo, y se extendía por todo su cuerpo, alejando el miedo y la desesperación.

- ¿Todo está bien? –le preguntó con la voz baja, deteniéndose y girándose para cortarle el paso. La sonrisa que se asomó por el rostro de Bella no era real, pero tampoco era una mentira. Se trataba solo de la felicidad efímera que conlleva la despreocupación momentánea.

Edward puso su mano libre en el costado de su rostro, acunándolo y haciendo que lo mirara. Acercó sus labios a los suyos, pero no la besó, sólo se quedó a escasos milímetros de distancia, disfrutando la electricidad que le causaba el permanecer tan cerca de su piel. Inhaló con fuerza su dulce perfume y suspiró, sabiendo que estaba perdido cada vez que se permitía tenerla cerca.

- Dime qué piensas –pidió en voz aún más baja, una vez más las palabras escapándose en contra de su voluntad. Una mueca se asomó por los carnosos labios, pero no pudo acertar a interpretarla. ¿Miedo? ¿Ansiedad? ¿Dolor?

Frunció el ceño, pero no quiso seguir presionándola. Sentía como si fuera a despertar de un momento a otro, y eso solo hacía que quisiera más de ella. Que ansiara probarla, conocerla, complacerla. La besó suavemente y se alejó para mirarla a los ojos. Ahora los notaba claros, como si la luz los atravesara en tonos dorados y ocres.

Quizás solo es mi imaginación –pensó. Pero sabía que no lo era. Y aún más, sabía que no se lo preguntaría de nuevo. Estaba consiente de que ella compartiría sus secretos de ser necesario y en el caso de estar preparada. Aún así, casi no podía resistirse a preguntar sobre todo y cada uno de los detalles que la formaban. Sobre cada cosa que le intrigaba.

Algo que no fue capaz de identificar atrajo la atención de Bella e hizo que mirara hacia arriba, privándolo de su mirada.

- Comenzará a llover en unos minutos –anunció ella de forma automática. Podía oler el agua y medir la humedad en el aire. Casi podía adivinar en qué lugar caería cada gota al llegar a ellos. Para su sorpresa, cuando bajó la mirada, él le sonreía. - ¿Quieres que volvamos? –agregó cuando pensó que no le contestaría. Él se limitó a encogerse de hombros y sonreír de lado.

- Me gusta estar aquí –murmuró a modo de respuesta. Ella frunció el ceño y lo miró con curiosidad.

- ¿Qué tiene de especial? –preguntó casi sin sonido, atrapada nuevamente por el dulce y tenue tono de su voz. La sonrisa en el rostro masculino se amplió, pero la mirada era seria e inquietante.

- Aquí puedo estar contigo –susurró. Ella soltó una carcajada muda y puso los ojos en blanco.

- Puedes estar conmigo en tu casa…

- No –la cortó-. Aquí podemos caminar, hablar, tomarnos de la mano sin temor a que alguien nos atrape… aquí puedo estar contigo, no solo cerca de ti.

Hizo una pausa para prestar atención a su reacción, asegurándose de que escuchara todo lo que le decía.

- No me importa si tengo que luchar contra viento y marea para lograrlo –agregó en voz baja y luego de un segundo soltó una risa muda-. Literal o metafóricamente hablando.

Ella sonrió y disfrutó de su mirada, envuelta en su suave tono de voz y en sus dulces palabras. ¿Cómo era posible que un humano fuera tan profundo? ¿Tan increíblemente apasionado? Se puso en puntas de pie y lo besó de nuevo sin poder evitarlo. Nadie nunca le había hablado de esa forma, y mucho menos pareciendo tan sincero.

La primera gota cayó a unos cuantos metros, pero las miles que siguieron no interrumpieron su beso. Solo después de unos cuantos minutos lograron alejarse el uno del otro, escurriendo el agua fresca por todos los recovecos de sus cuerpos y sus ropas.

Él temblaba, pero no por el frío. Solo por la ansiedad que le provocaba probar su cuerpo, saber lo mucho que la necesitaba. Lo mucho que lo desesperaba no ser capaz de tomar su mano en cualquier lugar y en todo momento.

Eso era todo lo que quería. Todo lo que deseaba para el futuro ahora. Ellos, ambos, juntos para siempre. Pero por más que lo intentaba, no lograba imaginarse a sí mismo con canas y sentado en un porche rodeado de pequeños niños. No lograba imaginársela a ella a su lado, con el paso del tiempo dibujado en sus facciones.

Había algo mal en la imagen, que se negaba a formarse del todo en su mente, pero sin embargo, no acertaba a identificar qué. Sacudió la cabeza, suplicando por que el sentimiento de temor e inseguridad se apartara, pero todo lo que consiguió fue que las gotas de lluvia de su cabello cayeran con más velocidad hacia sus ojos.

- Caminemos –susurró cuando sintió la mano de Bella quitándolas de su rostro. La besó de nuevo, rápidamente y dio la vuelta para comenzar a caminar mientras la tomaba de la mano, aferrándola como si con ese solo gesto pudiera asegurarle que todo estaría bien. Y en realidad, lo estaba, siempre y cuando no se soltaran.

Caminaron bajo el agua, demasiado fría para considerarse agradable, pero demasiado grata para ser una molestia. El agua bien valía la posibilidad de caminar como lo hacían entonces. Despreocupados, hablando de cosas sin importancia.

Bella le había preguntado cómo se llevaba con sus compañeros de clase, en un intento de hacer que continuara hablando, para que su voz aterciopelada pudiera continuar envolviéndola.

- Bastante bien. No es que tenga muchos amigos, pero al menos más de los que solía tener –sonrió ante el pensamiento. No confiaba en cualquiera, esa era la razón por la que no socializaba demasiado. Normalmente era bastante bueno leyendo las intenciones de las personas, y no todas las que conocía cumplían con sus altos estándares e ideales.

Negó con la cabeza y bufó por lo bajo. No podía creer lo mucho que había cambiado. Lo mucho que había madurado en estas últimas semanas. Su vida entera había dado un vuelco, desorientándolo en un principio.

- ¿A qué te refieres con lo de “mas de los que solía tener”?

- Al crecer… yo siempre… -era increíble que no encontrara las palabras adecuadas para hablarle. Eso no le sucedía muy a menudo-. Desde pequeño he querido unirme al ejército –explicó al fin-. Era mi sueño –añadió. Bella frunció el ceño al imaginárselo en medio de una batalla, indefenso como era por el simple hecho de ser un humano, luchando con arma en mano y muerte a su alrededor. Sintió como la piel se le erizaba.

- ¿Por qué querrías hacer eso? –soltó en un susurro, aterrándose por la idea, pero aún más de la reacción que le había provocado. No era nada a lo que estuviera acostumbrada, preocuparse de esa forma por alguien más… mucho menos por un humano. Edward se encogió de hombros y levantó el rostro hacia el cielo, dejando que las gotas escurrieran por su piel.

- Por el honor –dijo en voz baja pero orgullosa-. Por la disciplina que se gana al levantarse cada mañana… por la dignidad que se consigue solo por hacer todo lo que esté a la mano para defender ideales de grandeza –explicó.

Ella lo pensó por un momento, pero de todas formas no pudo conciliar la idea. Las guerras siempre le habían parecido masacres injustificadas. Claro que antes solía verlas con algo más de sadismo… en pocas palabras, solía verlas como un desperdicio innecesario de comida, de sangre. Se estremeció ante la idea de la sangre de Edward esparcida al azar por un suelo arisco, manchando un campo de batalla.

- ¿Ya no quieres hacerlo? –preguntó con la voz ahogada por la impresión. Él volvió a encogerse de hombros. No se sentía capaz de contestar a esa pregunta con la verdad. No podía decirle, luego solo de un par de semanas de haberse conocido, que preferiría amarla para toda la vida que cumplir todos sus demás sueños.

Enlistarse en el ejército, acudir a la guerra, sólo significaría mantenerse alejado de ella, y esa era una tortura que no se sentía dispuesto a afrontar.

Luego de un par de semanas, los paseos ya se habían convertido en un hábito. Ella jamás lo admitiría, pero nada la complacía más que simplemente hablar con él… bueno, casi nada.

Pero el hecho era que el chico había resultado ser una gran compañía. Incluso si no tuviera en cuenta la atracción, la química, esa electricidad que le recorría la piel cada vez que la toca, él la continuaría cautivando. Eran sus palabras, sus miradas, todas y cada una de sus ideas. Estaba completamente perdida.

Simplemente podría demostrarse con la forma en que lo observaba ahora. Lo había acompañado a un juego de beisbol con sus amigos. Él jugaba en la parte más lejana del campo. Solo se trataba de unos cuantos amigos íntimos, así que no tenía por qué esconderse. Permanecía sentada, no muy apartada de la acción, llevando el tanteo del juego.

Se había excusado de jugar, por temor a hacer algo que pudiera exponer sus habilidades. Así que solo se dedicaba a mantener sus ojos en él. En la forma despreocupada que reía de vez en cuando, y en cómo podía correr rápidamente para atrapar una bola si se lo proponía. Sonrió de lado cuando Edward golpeó con el puño en el brazo de uno de sus amigos, en un gesto de camaradería. Y más tarde contuvo el aliento cuando se deslizó por la tierra, temiendo que algún raspón en su piel lo arruinara todo.

No podía ser de esa forma… ya no podía permitirse verlo de esa manera. Él se había transformado lentamente, y casi sin ser previsto, en lo más importante que había en su vida. En lo único que hacía que su corazón se sintiera vivo de nuevo.

Claro que justamente por eso fue su nerviosismo unos días mas tarde, cuando Edward insistió en que Bella conociera a su madre. En un principio, debía conocer a su padre también, pero un compromiso en el trabajo lo había retenido en el hospital hasta después de la cena.

De todos modos, Bella sentía que sería mejor si no los conocía, pero a la primera palabra de súplica que salió de los labios de Edward, ella ya estaba completamente entregada a cualquier cosa que le pidiera. No hubiera sido justo, si él no se sintiera exactamente de la misma forma cada vez que ella miraba en su dirección: total y completamente indefenso y a su merced.

- Así que… -murmuró Esme, intentando entablar conversación-. Edward me dice que no eres de por aquí –terminó, para luego darle un pequeño sorbo a su té helado. El de Bella descansaba delante de ella, en la mesa. De vez en cuando recorría con los dedos las líneas que las gotas dejaban en el vidrio por el frío de la bebida.

- No… -murmuró intentando no mentir. No estaba segura de por qué, pero no deseaba mentirle a esa mujer de rostro dulce y mirada cálida-. Originalmente soy de Phoenix.

Sonrió para sus adentros al advertir lo diferente que debía ser la idea que la mujer se formaba, a lo que realmente había sido su niñez humana. En realidad no recordaba mucho, pero muchas cosas cambiaban en tantos años.

- Suena como un buen lugar para crecer –sonrió amablemente y Bella se sintió un poco más cómoda-. Edward era de Chicago –agregó luego. Él le había explicado sobre sus padres biológicos, y cómo los Cullen lo habían adoptado de pequeño. No era un tema que le agradara tocar, pero se había propuesto no ocultarle nada.

- También es lindo lugar –comentó ella a modo de respuesta-. Aunque Forks tiene su encanto –agregó luego, pensando en la forma en la que podía salir tranquilamente durante el día, sin preocuparse de que notaran lo que era.

La charla continuó amena. La dulce mujer no parecía mostrar desencanto con la idea de que ella fuera mayor que él. Incluso parecía… feliz. Claro que si hubiera sabido qué tan mayor era…

- Todo fue bien, deja de preocuparte –murmuró Edward en su oído haciendo que se estremeciera y suspirara. Ya estaban fuera, a un lado del carro de Bella, despidiéndose por la noche. O al menos hasta que ella pudiera esconder el vehículo y regresar a su habitación, como lo hacía prácticamente todas las noches desde hacía bastante tiempo.

Se alejó para besarla y por un momento se perdió en ese simple beso.

- ¿Te veo luego? –susurró aún mas bajo al separar sus labios. Ella solo sonrió y asintió una vez con la cabeza. Aún le resultaba curioso lo difícil que era formular frases coherentes cuando la miraba de esa forma.

Ella estaría en su habitación, esperándolo, incluso antes de que él pudiera despedirse de su madre y darse una ducha.

En las semanas siguientes, poco a poco, todo fue volviéndose más fácil. Cuando la sed resultaba demasiado agobiante, Bella volvía a cazar en el bosque, presa del miedo de descontrolarse si lo hacía cerca de Edward. Además, quisiera admitírselo a sí misma o no, en realidad no quería matar a nadie en ese pueblo desértico. Cualquier muerte hubiera resultado demasiado obvia para los habitantes… y bien podría tratarse de alguien a quien el muchacho le tuviera afecto.

Justo entonces mantenía una charla amena con Esme. No podría decirse que se habían vuelto unidas, pero al menos disfrutaban de la compañía de la otra en los pequeños momentos en los que Edward las dejaba a solas.

- ¿Segura que no quieres algo de comer? –le preguntó con tono preocupado la mujer. Comenzaba a notar que jamás comía, pero tenía la delicadeza de no comentarlo.

- No gracias, estoy satisfecha –respondió poniéndose de pie para evitar su mirada. Esme solía ser muy suspicaz, y eso no le gustaba ni pizca.

Así que en lugar de enfrentarla, recorrió con la vista el aparador repleto de fotos familiares, reparando en algunas de Edward cuando era pequeño. Sonrió inconscientemente y alargó una mano para rozar las mejillas coloradas del pequeño de cabello cobrizo y unos relucientes agujeros entre los dientes.

- Eso fue cuando comenzó preescolar –le comentó Esme en tono de conversación, pero aún así sobresaltándola. No la había escuchado aproximase, incluso a pesar de su oído sobrenatural.

- Era muy bonito –murmuró sin quitarse la sonrisa del rostro.

- Lo es –corrigió Esme con voz dulce. Bella pensó que se hubiera ruborizado de ser posible y bajó el rostro avergonzada. Si alguien sabía lo hermoso que era Edward, esa era ella.

Observó las demás fotos, pero sus ojos regresaban a esa continuamente. Había algo en esa fotografía que hacía que se sintiera con ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Una sensación extraña, demasiado inquietante.

Esme la levantó al notar la forma en que la observaba, y sonrió con dulzura. Acarició con delicadeza el vidrio, pero luego abrió la parte de atrás del marco.

- Toma, puedes quedártela –le dijo en voz baja, acercándola a sus manos. Bella miró el trozo de papel con ternura y lo tomó sin poner objeciones.

- Gracias –murmuró tomándola y mirándola una vez más. Esa noche, mientras permanecía inmóvil en la pequeña cama, recordando las anécdotas que Esme le había relatado, todo lo que podía pensar era en ese chiquillo de poco más de seis años. Su sonrisa alegre, su mirada llena de sueños. Y por alguna razón, mientras escuchaba la respiración uniforme de Edward, en el medio de la oscuridad de la noche… su corazón se estremeció.

martes, 9 de noviembre de 2010

Jake y Nessie "Bienvenida" - Naty Celeste

Disclaimer: Jake y Nessie son de Stephenie Meyer y la historia es de Naty Celeste.
ADVERTENCIA:
Lemmon!! sobre aviso no hay engaño.

N/A: Ok, sé que hace como mil años que no publicaba, pero para ser sincera, últimamente escribir esta historia me cuesta horrores :S
Estoy bastante segura que este será uno de los últimos capis, espero les guste.
Les mando muchos besos, y voy a hacer lo mas rápido que pueda para darle un final.

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Bienvenida

Al salir de la casa Jake tomó las llaves de su auto del neumático trasero, donde las guardaba en un intento de no perderlas, y ambos nos subimos para ir a casa de mi familia. Me mordí el labio. Todo el asunto de ser una híbrida de verdad me ponía nerviosa cuando debía ir a la reserva.

Claro, no podía quejarme: todos los quileute se comportaban excelentes conmigo, y nadie nunca me había agredido, eso ni pensarlo… pero jamás había pensado en la posibilidad de tener que conocer a un nuevo miembro de la tribu, de la manada.

Jake puso el carro en marcha sin decir una palabra, quizás intentando darme un poco de espacio, pero notaba cómo me miraba de reojo de vez en cuando. No era una mirada amorosa… estaba nervioso. Podía notarlo. Podía sentirlo en el ambiente. O puede que solo fueran imaginaciones mías. Últimamente me estaba volviendo un poco paranoica. Especialmente con la ausencia de Jake y todo eso.

Lo miré cuando el hecho de que estaba conmigo se abrió paso en mi mente. Cuánto lo había echado de menos. Alargué una mano y la apoyé sobre mi rodilla con la palma hacia arriba. Menos de medio segundo después su mano ya estaba sosteniendo la mía. Sonreí hacia él cuando me miró, y me guiñó un ojo a modo de respuesta. No hice más que ruborizarme y sonreír más ampliamente. No tenía remedio cuando se trataba de Jake.

Suspiré cuando sentí cómo el calor de su mano volvía a sacarme del témpano en el que había permanecido los últimos días, y luego miré hacia afuera para distraerme. No podía ser que ese hombre me provocara reacciones tan fuertes con sólo una simple sonrisa. Con solo una mirada.

Pensé en algo más para intentar distraerme. Ahora deberíamos ir a ver a mi familia. No podía seguir pensando obscenidades si mi padre estaba cerca. Mucho menos Jasper, que no solo lo sabría, sino que lo sentiría. Hice una mueca con la boca. Lo había torturado lo suficiente los últimos días. Definitivamente no podía aparecerme ahora lujuriosa y enloquecida.

Además, ya tendría tiempo para seguir con Jake. No me separaría de él a partir de ahora. No lo soportaría. Ni siquiera si la impronta de Seth me odiaba y tenía que apañármelas con una loba enojada y temperamental. Fruncí el ceño y el miedo volvió a correr por mis venas.

- ¿Estás bien? -me preguntó Jake de repente, sacándome de mis pensamientos. Me sobresalté un poco al escuchar el sonido de su voz.

Le ofrecí una sonrisa fingida, y levantó una ceja en respuesta. Jamás había sido capaz de ocultarle cuándo algo iba mal. Simplemente me conocía demasiado bien. Me encogí de hombros un poco, intentando aparentar al menos algo de despreocupación, pero me siguió mirando. Peligrosamente atento para alguien que se suponía estaba conduciendo.

- ¿Qué sucede? -insistió en voz baja. A penas un susurro sobre el rugido del motor. Adoraba eso sobre Jake. Incluso a pesar de desearlo con cada fibra de mi cuerpo, él continuaba siendo mi amigo. Mi mejor amigo. Por eso tenía mi corazón. Por eso lo había tenido siempre.

- ¿Qué...? -comencé a preguntar, pero luego cerré la boca y fruncí el ceño.

- Dime -pidió. Negué con la cabeza y apreté mis labios con fuerza, convirtiéndolos en una férrea línea. Bufó frustrado y despegó su mano de las mías para cambiar la marcha del auto, estacionándolo a un lado del camino para poder voltear y mirarme de frente. Suspiré y bajé la vista al suelo, pero una de sus manos se posó en mi barbilla haciendo que lo mirara.

Mis ojos se llenaron de lágrimas al mirarlo. De inmediato se alarmó y me abrazó con fuerza, acunándome en su pecho.

- Dime que sucede -suplicó con la voz estrangulada. Sorbí audiblemente y me alejé un poco para mirarlo. Tomé aire para hablar al ver sus ojos. Parecía torturado.

- ¿Qué harías si la impronta de Seth de verdad no me aceptara? -le pregunté con miedo a lo que pudiera responder. Soltó una carcajada y puso los ojos en blanco, pero apoyé mi mano en su rostro e hice que volviera a mirarme. Su expresión cambió de inmediato al ve la mía. Todo su cuerpo se tornó más serio. Frunció el entrecejo y lo pensó por un segundo.

- ¿En el peor de los casos? -preguntó. Asentí-. No quieres saberlo -me advirtió.

- Sí quiero -repliqué e hizo una mueca con la boca.

- Dejaría la manada -respondió. Se me formó un nudo en la garganta y negué con la cabeza.

- No puedes hacer eso -me regaló una sonrisa pequeña que jugueteó en las comisuras de sus labios.

- Haría cualquier cosa por ti -aseguró acercando su rostro al mío y rozando nuestros labios suavemente antes de alejarse-. Además... no sería la primera vez -susurró luego y la sonrisa se expandió libre por su rostro. Era cierto. En una forma, él había abandonado todo lo que conocía para que no nos mataran a mi madre y a mí, incluso aunque en el momento no supiera que lo hacía también por mí. Le devolví la sonrisa. No tanto por el comentario, que resultaba triste a mis oídos, sino por la forma en que sonreía. Era mi sonrisa. No lo había visto sonreírle así a nadie más en toda mi vida.

- Cierto, lo hiciste -coincidí-. Pero no querría que renunciaras a toda tu vida por mi causa.

Soltó una carcajada.

- Eso es completamente ridículo -dijo, su voz aún jocosa.

- A eso me refiero –solté, pero él negó con la cabeza.

- No, digo que es ridículo porque tú eres mi vida Nessie. Nada podría jamás hacer que me separara de ti -hizo una pausa y miró a otro lado-. Bueno, a menos que… -se quedó callado. El pánico recorrió mis venas.

- ¿A menos que…? -le insté. Dudó un momento, parecía estar buscando las palabras adecuadas para decir lo que quería. Sentía mi corazón acelerándose en mi pecho a cada segundo.

- La única forma… en que renunciaría a ti, sería si me lo pidieras -volví a respirar. No había notado que contenía el aliento. Lo golpeé con suavidad en el hombro y sonreí.

- Eres un idiota -solté, me miró con curiosidad y fingida indignación-. Por un momento creí que me dirías algo que podría llegar a ocurrir -sonrió de nuevo y se acercó para besarme en los labios. Alejó su rostro y me miró a los ojos mientras hablaba.

- No hay nada que pueda separarme de ti, Nessie. Nada. Ni los Volturi, ni las manadas, ni el mundo entero -mis ojos se llenaron de lágrimas y me acerqué para besarlo de nuevo.

- Tampoco a mí -susurré contra su oído al abrazarlo.

- Entonces es para siempre -murmuró. Sentí como el latido de su corazón se aceleraba.

- Para siempre -confirmé.

- Ten cuidado -me advirtió-. Quizás te haga cumplir esa promesa -musitó con un tono un poco bromista, pero que también tenía su nota de seriedad. Me reí y lo abracé con más fuerza.

- Para siempre -repetí, y él suspiró en mi cabello.

- Pues es un trato -agregó. Me moví un poco más lejos para besarlo, pero en cuanto mi mano bajó por su pecho, él se alejó y se aclaró la garganta. Parecía incómodo-. Creo que deberíamos ir a tu casa -dijo acomodándose para poner de nuevo las manos en el volante.

Fruncí el ceño, pero no insistí. El pequeño rechazo hizo que mi corazón se quejara en mi pecho, como intentando salir.

- ¿Todo está bien? -le susurré.

- Más que bien -aseguró. No dije nada más sobre el tema. Puse mi mano en mi rodilla de nuevo, pero aunque lo vi mirándola de reojo, esta vez no la tomó. Me preocupé, pero intenté no desesperarme.

Cuando detuvo el carro frente a la casa de mi familia, se bajó antes de que pudiera decirle una palabra. Fue al otro lado y me abrió la puerta, extendiendo una mano frente a mí para ayudarme a bajar.

Dentro, todo el mundo estaba en la sala. Alice había hecho un alboroto por el regreso de Jake. Justo como yo lo hubiera hecho si no hubiera estado deprimida por no verlo.

Un cartel en el centro de la habitación, sobre las puertas de la pared de vidrio leía “Bienvenido de vuelta”. Había un pastel, y algunos bocadillos salados. Sonreí a la par de Jake y no pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas. Era más de lo que había esperado.

La sonrisa de mamá era increíble, y toda la familia se mostraba feliz a pesar de las narices ligeramente arrugadas. Aún no entendía cómo podía olerles a perro. Miré a la tía Al y le dirigí la mejor mirada de gratitud que pude. Hizo una pequeña reverencia a modo de broma. Me reí por un segundo y luego paseé la mirada por el cuarto.

No solo estaba mi familia, sino también Billy, Charlie, Embry y Quil. Busqué al lobo que más solía adentrarse en el nido de vampiros: Seth, y mi corazón se estremeció un poco al notar su ausencia. ¿Significaría su imprimación que ya no lo vería?

Jacob primero saludó a mamá, que estaba más cerca, luego a los chicos de la manada, más tarde a mi familia -escuché cómo agradecía a Alice por el gesto-, y finalmente se dirigió a su padre. Lo abrazó con fuerza y le dirigió una mirada significativa. Los miré por un segundo, intentando descifrar lo que sucedía, pero la mano de papá se posó en mi espalda para que volteara.

- Es bueno verte bien de nuevo -dijo mientras volteaba. Le sonreí y asentí con la cabeza. Me abrazó con el brazo que no mantenía aferrado a mamá.

Cuando nos separamos, mamá tomó mi barbilla y levantó mi rostro, girándolo a un lado y al otro para verme mejor.

- Y por fin tienes color en las mejillas -sonrió.

- ¡Sí! ¡Apetitoso! -murmuró Emmett cerca de mi oído, y luego chocó sus dientes mordiendo el aire. No lo había escuchado acercarse. Me reí con ganas. Vi de reojo que Jasper sonreía con Alice colgada de su cuello, mirándolo a los ojos. Y luego miré un poco más allá, y noté que Jake no estaba en el cuarto.

Miré a mi alrededor y tampoco vi a Embry o a Billy. Fruncí el ceño, pero justo cuando comenzaba a preguntar por ellos, Jake entró por la puerta trasera. Me buscó con la mirada por un momento, mientras cerraba la puerta a sus espaldas, y luego sonrió ampliamente en mi dirección. Ya no llevaba su camiseta. ¿Qué acaso intentaba torturarme? Miré los músculos de sus brazos mientras pasaba sus dedos por su cabello.

- Ugh… Bella, ¿te importaría…? -murmuró papá. Sentí la sangre inundar mi rostro cuando lo dijo.

- ¿A cual de los dos? -preguntó mamá en un susurro a penas audible. Claro que el tío Emmett se carcajeó de todas formas. Le lancé una mirada asesina, pero luego Jake se detuvo a su lado, mirándonos con el rostro sonriente y los ojos iluminados. No pude evitar sonreírle también.

- A ambos -urgió mi papá. Y Jake finalmente miró a los demás. Desde la risa de Emmett, pasando por mi rostro carmesí, la mirada de reproche y luego de alivio de papá, y hasta la expresión de concentración de mamá.

- ¡Oh! Lo siento… Gracias Bells -le sonrió con expresión culpable. Mamá le dirigió una mueca, y él sonrió aun más ampliamente, mostrándole todos los dientes. Al fin, ella puso los ojos en blanco y volteó para hablar con Alice.

Jake adoptó una posición relajada, con los brazos a los costados de su cuerpo y yo busqué su mano con la mía. Nuestros dedos se entrelazaron como si se tratara de una reacción automática. Descansé mi cabeza en su hombro e inhalé su perfume.

- No -le advirtió papá a Emmett con voz seca, que probablemente iba a hacer alguna broma de mal gusto. Mi tío hizo un puchero que se veía muy gracioso en un hombre de su tamaño, y luego se fue murmurando algo de que nunca lo dejaban hacer nada. No le presté atención y me concentré en la conveniente sordera mental de papá. Debería agradecerle a mamá luego.

- Así que… -volteé hacia Jake y solté su mano para enroscar mis brazos alrededor de su cuello, acercando mi rostro al suyo. Apoyé la palma de mi mano en su cuello, debajo de su nuca, e hice que me escuchara. “¿Qué tramabas antes?” su sonrisa se convirtió en una mueca inocente.

- Nada importante -respondió en voz alta. Diablos, detestaba que todos tuvieran que escucharlo. Le quitaba un poco de secreto a la idea de hablar solo entre nosotros. Levanté una ceja y me encogí de hombros.

- Bueno, entonces no te molestará que vaya a hablar un momento con tu papá -soltó una carcajada muda, pero cuando comencé a alejarme, se aferró a mi mano de nuevo.

- Mi papá volvió a casa -me dijo. Fruncí el ceño y miré a mí alrededor, buscándolo, pero tenía razón, no estaba por ninguna parte. Volteé de nuevo hacia él con un puchero.

- Tramposo -lo acusé. Rió y me besó en los labios. Iba a preguntarle de nuevo sobre lo que se traía entre manos, me asustaba que Billy tuviera que haber ido a preparar la reunión del día siguiente con el concejo, pero en cuanto los labios de Jake tocaron los míos, mi curiosidad se fue al caño.

Realmente era cruel que no acostumbrara ponerse camiseta. Paseé mi mano por su pecho pensando en el momento que acabábamos de pasar en el bosque y luego en el baño. Sentí el latido de su corazón acelerarse bajo mis dedos y sonreí maliciosamente. Suspiró llenando sus pulmones y desvió la mirada al techo. Sentí como sus manos se volvían puños a los lados de mi cintura, donde las mantenía, y mi sonrisa se amplió.

Pero de repente se aclaró la garganta y lanzó una mirada a Alice.

- ¿Qué tal algo de música? -sugirió. Como siempre, Al estaba más que dispuesta a llevar una buena fiesta, así que medio segundo después estaba junto al equipo de música, con lo que de seguro serían más de cien CD’s.

Cuando la música comenzó, Jake volvió a mirarme.

- ¿Me concede esta pieza? -murmuró en tono entre jocoso y formal. Escuché la carcajada de Emmett al otro lado de la habitación, pero luego la siguió un claro golpe, por lo que asumí que alguien más le había dado su merecido.

Tomé la mano que Jake me ofrecía y me guió unos cuantos pasos a la improvisada pista de baile, formada por haber movido los muebles a los lados de la habitación.

Volví a rodear su cuello con mis brazos, pero esta vez el rodeó mi cuerpo con los suyos, apoyando sus manos en mi espalda. Su calor caló hasta mis huesos de nuevo. Después de un par de canciones, enredé mis dedos en su cabello e hice que me escuchara.

“Estás consiente de que la música es rápida ¿cierto?” soltó una risa muda y me miró a los ojos.

- Lo sé -dijo-. Es solo que prefiero bailar contigo de esta forma -presionó sus manos en mi espalda, a la altura de mi cintura, y pegó mi cuerpo un poco más al suyo. Acercó su boca a mi oído-. Además, disfruto de poder pensar lo que quiera -susurró. Se me puso la carne de gallina, pero cuando levanté la vista, Alice nos estaba mirando con una mueca en la boca. Puse mi mejor cara de inocente y hablé a través de mi poder.

“Creo que podrías disfrutarlo aún más…” sonreí maliciosamente y simulé seguir bailando. “Aunque de verdad creo que deberías dejar de hablar” sentí su pecho vibrar contra el mío, quizás conteniendo un gruñido, y apoyé mi rostro su hombro. Cerré mis ojos y me concentré. Imaginé mis manos bajando por su pecho, para luego rodear su cuerpo y deslizarse hasta su trasero. Sentí su cuerpo entero tensándose y me moví al ritmo de la música. Claro que la verdadera música sonaba mucho más rápido, pero la canción que sonaba en mi cabeza, era más acorde con los movimientos que quería.

Imaginé mi cuerpo mucho más cerca de él… la piel de su pecho bajo mis labios y su cadera restregándose contra la mía. Esta vez el gruñido sí fue audible. Intenté no sonreír y pensé en mis labios subiendo por su cuello. Como si se tratara de un reflejo, Jacob hizo la cabeza a un lado para darle espacio a mi… ¿fantasía? Lo que fuera.

Apreté con más fuerza los ojos, concentrándome aun más, e intenté imaginar sus manos haciendo algo diferente. Se sobresaltó cuando hice que se deslizaran por la parte baja de mi espalda. Sentí las de verdad arrugando la tela de mi camiseta con fuerza. Seguimos bailando por unos minutos más, pero noté que su cuerpo comenzaba a temblar.

- Nessie, no creo que… -comenzó, pero hice que los dedos de mi yo imaginario se posaran en sus labios, lo que logró que cerrara la boca.

“No nos delates” susurré en su cabeza. Soltó un leve gruñido.

- Estás haciéndolo muy difícil -dijo de todos modos, pero luego agregó-: Bailar al compás de la música.

Me reí, disimulando también. Podía distinguir la forma en la que su temperatura aumentaba contra mi piel. Me mordí el labio e inhalé de nuevo su perfume. Su olor me resultaba tan atractivo… y aún más cuando destilaba esa tenue pero inconfundible nota de excitación, que me volvía tan loca.

- ¿Qué tal si nos sentamos? -sugirió en tono inocente. “¿Ya no quieres bailar?” pregunté. Hizo que diera media vuelta con mucha gracia y luego me abrazó por la espalada, moviéndose con la música y pegando su cuerpo al mío. Sentí su erección presionándose a mis caderas y sonreí sin poder evitarlo. Entendí porqué quería sentarse. Necesitaba disimular. Seguíamos moviéndonos, pero ahora él había apoyado sus labios en el costado de mi cuello-. Tengo hambre -mintió-. Vayamos a la mesa -asentí y fuimos a sentarnos.

Era lógico: quería sentarse a la mesa para que ésta lo cubriera. Bueno, al menos había manteles largos. Consideré por un segundo el sentarme en su regazo, pero descarté la idea de inmediato: eso no podía considerarse “disimulado”. A penas nos sentamos, en un rincón de la habitación y enfrentados al resto de la gente, él comenzó a hablar con uno de los chicos. De verdad parecía acalorado. Como si se esforzara por armar frases coherentes.

- Iré a buscar algo para comer –le indiqué. Sabía que ninguno de los dos tenía hambre, pero debíamos mantener viva nuestra coartada. Busqué unos cuantos hot dogs y algunas frituras de la mesa mas grande. Todo estaba distribuido como un bufé. Los llevé hasta la otra mesa, que parecía estar libre por si alguien decidía jugar a las cartas, o algo así.

Jake me miró mientras cargaba las cosas, como si hubiera estado a punto de levantarse para ayudarme, pero luego lo pensó mejor y agradeció con una sonrisa. Me senté a su lado. Quil se había ido y el permanecía solo, hundido en la silla y con expresión culpable.

Me acerqué y le tomé la mano como un gesto inocente. “Si sigues con esa cara, de seguro nos descubrirán” dije solo para él mientras me imaginaba a mi misma debajo de la mesa, pasando lentamente mi mano por encima de la tela de su pantalón, rozando su erección.

Se envaró de inmediato y casi pude escucharlo soltando un gemido por lo bajo. Juraría que saltó en su silla. Sonreí y comencé a parlotear sobre cosas sin importancia. Era complicado concentrarme en mantener una conversación trivial cuando en realidad mi cabeza se enfocaba en algo más.

Cuando la boca de “mi otro yo” se deslizó sobre por sobre su pantalón, atrapando el bulto que ya sobresalía tenso de la tela, Jake soltó un gemido muy por lo bajo y cerró los ojos, apretando los párpados. Adoré ver la forma en la que sus músculos de su brazo se tensaban bajo su piel morena, al igual que los de su mandíbula y su pecho.

Pensé que en realidad no era justo que pudiera pasearse sin camiseta delante de todos… delante de mí. Observé su pecho y la mano que nadie veía, la que solo estaba en nuestras cabezas, subió por su abdomen para acariciarlo. Deseé con todas mis fuerzas el poder sentirlo, y cuando apreté los ojos con fuerza, un cosquilleo caliente hormigueó por mi mano… la real. Sonreí con sorna.

Jake movió su cadera solo un poco, como si intentara liberarse de la presión de la tela, y dejó caer su cabeza hacia atrás por un segundo antes de recuperarse y abrir los ojos, volviendo a la realidad. Se estremeció cuando hice que sintiera mi boca de nuevo, esta vez con un poco más de fuerza sobre su miembro, a través de la tela.

- Harás que me maten –susurró en mi dirección, casi como un quejido. Le sonreí con picardía y cuando estaba a punto de replicar, Quil se nos acercó de nuevo. El cosquilleo en mi mano desapareció y maldije para mis adentros. Aunque de todos modos, sabía que podía sentirlo de esa forma si me lo proponía. Sólo sería cuestión de práctica.

- Hola Quil –lo saludé como si nada. Jake se aclaró la garganta, pero no dijo ni una palabra. Solo apretó los labios y noté como su rostro se tornaba carmesí. Hice que sintiera una mano sobre su entrepierna, masajeándolo. Se envaró aún más y tragó en seco.

- Chicos… -el lobo se rascó la cabeza, parecía increíblemente incómodo- no quiero ser aguafiestas, pero creo que… bueno, uno de ellos está… creo que lo están torturando –señaló la vista a sus espaldas, a uno de los sofás. Jasper permanecía sentado con las piernas dobladas bajo su cuerpo y un almohadón sobre la falda Mantenía la cabeza apoyada en sus manos con los dedos perdidos en su cabello. Busqué a Alice, pero no la encontré por ningún lado. Tampoco a papá ni a mamá. Me pregunté que rayos estaba pasando.

Volví a mirar a Jake, que se había relajado un poco por mi falta de concentración, y luego a Quil, que seguía exactamente igual de incómodo. Le ofrecí una sonrisa apenada.

- Gracias… -murmuré sintiéndome culpable.

- A sus órdenes–anunció haciendo una pequeña reverencia de broma. Dirigió su mirada a Jake y soltó una carcajada-. Contrólate, hermano –le dijo con tono jocoso, y luego volvió a circular por la fiesta. En cuanto nos dio la espalda, presioné con más fuerza en su miembro y Jake se quejó como niño.

- Detente –suplicó con un tono no muy convencido-. Esto califica como tortura –argumentó. Quité un poco la ilusión, pero un segundo después, la intensifiqué, imaginándome también de pie a sus espaldas, besando su cuello y paseando mis manos por su pecho. Cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás un poco-. Iré a la sociedad protectora de animales –bromeó aún con los ojos cerrados.

“¿Qué dices si nos largamos de aquí?” le pregunté. Abrió los ojos de repente y miró alrededor, como si acabara de recordar que no estábamos solos, y luego buscó en la pequeña multitud. Nadie parecía prestarnos demasiada atención. Frunció el ceño y estiró el cuello para buscar.

- No podemos –murmuró en mi dirección, aunque sus ojos no se encontraron con los míos. “¿Por que no?” pregunté en su cabeza. Volvió a mirar nervioso a su alrededor y luego se mordió el labio con fuerza. En cuanto lo hizo, hice que mi ilusión lo besara, justo en ese lugar.

Me cubrí los ojos con mi mano libre y apreté los párpados con fuerza, intentando sentirlo de nuevo. Y así lo hice. De repente podía sentir su lengua rozando la mía, y no hice más que pensar en las posibilidades… las miles de posibilidades de ser capaz de sentirlo sin que tuviera que quitarse la ropa.

- Dios santo –se quejó en un hilo de voz, y luego se aclaró la garganta-. No creo que sea de buena educación –argumentó.

“¿Realmente estás preocupándote por los buenos modales justo ahora?” mi tono era burlón. Él solo tragó en seco. Hice que la exacta réplica de mí misma se sentara en su regazo, con las piernas abiertas, una a cada lado de su cadera. Dejó caer su rostro hacia atrás, frustrado. Una de “mis” manos se deslizó por su pecho y luego por su estómago, para después pasar con un movimiento natural hasta la entrepierna de la ilusión. Gruñó con fuerza cuando los dedos se movieron de arriba a abajo por toda la intimidad, y luego se quedó con la boca abierta cuando los quitó con suavidad y se los mostró descaradamente. Ella estaba tan húmeda como yo.

Una sonrisa cruzó por mi rostro real cuando hice que mi otro yo llevara sus dedos a la boca de Jake. Incluso antes de estar al tanto de lo que sucedía, ya estaba en movimiento. Jake jalaba de mi mano, llevándome hacia afuera. Sonreí sin poder evitarlo y me pegué a él. Ya no parecía importarle el pasar desapercibidos. Ni siquiera para que no lo mataran, solo quería irse, al igual que yo.

Se escurrió hasta la cocina y salimos por la puerta trasera. A penas estuvimos fuera, él pareció respirar con más dificultad, como si hubiera estado intentando contenerse. Me mordí el labio… ahora definitivamente no se contendría. Se veía como un animal enjaulado, desesperado por encontrar un lugar al que pudiéramos ir, finalmente, sus ojos se posaron en algo en la distancia y una sonrisa malévola se asomó en su boca. Seguí la trayectoria de su mirada mientras él comenzaba a tirar de mí de nuevo. Nos dirigíamos al garaje más grande, a un par de kilómetros de la casa.

Ahí era donde la familia guardaba todos aquellos autos que resultaban demasiado lujosos como para usarlos todo el tiempo en Forks. Suspiré, temía que tuviéramos que hacerlo en el bosque, nos habríamos arriesgado mucho a que alguien nos encontrara en un viaje de caza. En menos de diez segundos, ya estábamos frente al portón de metal del garaje. Escuché el ruido metálico cuando los pedazos del candado reforzado se esparcieron por el piso. Volvió a tirar de mi mano en cuanto hubo suficiente espacio como para entrar, y se apoyó contra la pared más cercana en cuanto estuvimos solos dentro. Dejó caer su cabeza contra la pared y tomó aire con fuerza. Parecía un humano después de correr una maratón, lo cual hizo que casi me sintiera culpable.

- ¿Estás bien? –susurré acercándome. Abrió los ojos y me quedé completamente helada cuando su mirada encontró la mía. No era más que puro fuego. Todo lo que había en ella era deseo, lujuria y excitación. Como un animal en celo. Con un movimiento rápido, tiró de mi camiseta y nos volteó a ambos, atrapándome contra la pared al poner sus manos a los lados de mi cabeza. Respiraba entre los dientes, y al hablar lo hizo de la misma forma.

- ¿Tienes alguna idea de lo mucho que me costó no hacerte mía justo ahí? ¿En frente de todos? –gruñó. La frase sonaba a reproche, pero no creí que estuviera enfadado. Aunque a pesar de su evidente ansiedad, aún no me había tocado-. Quítate la ropa –ordenó con tono posesivo. Lo miré con curiosidad.

- ¿Por qué no lo haces tú? –los músculos de su mandíbula se tensaron aún más.

- Por que no creo que alguna prenda sobreviva si lo intento –respondió de mala gana, y luego miró a mi cuerpo con intención-. Ahora, quítatela –ordenó de nuevo. Sentí como me humedecía aún más por el tono de su voz. Me sentía totalmente a su merced, aún más que de costumbre. Me mordí el labio y tomé la tela de mi camiseta de los bordes, para sacarla mientras lo miraba a los ojos.

Me desabroché los jeans mientras me quitaba los zapatos con las puntas de los pies y los pateaba a un lado. Me lo quedé mirando, deseando que se quitara él también algo, pero solo gruñó en mi dirección.

- Todo –indicó con la voz ronca. Sentí mi propia respiración acelerarse, casi equiparándose a la suya. Bajé mis jeans mientras lo miraba a los ojos y quité mi sostén mientras una sonrisa se asomaba por mi boca. Adoraba ser capaz de provocarlo de esa manera. Lo dejé caer a mi lado y él lo siguió con la mirada. Cuando regresó su atención a mí, yo tiraba de los lados de la tela de mis pantaletas. Había escogido unas de encaje que sabía le encantaban. Se mordió el labio cuando las deslicé por mis muslos y las dejé caer.

Antes de que la tela tocara mis pies, ya estaba completamente presionada contra la pared, con su boca en la mía y sus manos por todo mi cuerpo. Me estremecí al notar su enorme erección pegándose a mi vientre, casi intentando desgarrar la tela que la contenía. Su boca bajó rápidamente por la piel de mi cuello mientras su mano se deslizaba entre mis piernas, separándome con sus dedos. Gruñó contra mi clavícula cuando notó que no lo había engañado antes: de verdad estaba más que mojada. Su boca continuó bajando ansiosa por mi piel, y luego de detenerse un momento en mi pecho, lo sentí dirigiéndose directamente a mi entrepierna.

Me pegué más a la pared y tensé mis músculos cuando lo sentí soplar directamente en mi punto más sensible. Gemí cuando sentí sus dedos deslizándose por la cara interior de mi muslo y su mano levantándolo un poco para separar mis piernas y así lograr un mejor acceso. Apoyó mi pierna en su espalda y la mantuvo ahí con su mano, mientras la otra volvía a tantear mi entrada. Tragué en seco.

- Jake… no tenemos mucho tiempo –solté como pude, para hacerle entender que debíamos ser rápidos.

- Me importa un cuerno –replicó cerca de mi intimidad y sonreí sin poder evitarlo. Lo último que quería era que se detuviera. Dos de sus dedos me invadieron y arqué la espalda para sentirlos más profundamente. Eso no hizo más que acercarme a su boca, que no dudó en aprovechar la oportunidad.

Sentí su lengua rodeando mi botón y sus dedos comenzando a bombear con un ritmo constante y fuerte dentro de mí. Me mordí el labio intentando no gritar y sus movimientos solo se volvieron más rudos hasta que lo hice. Alternaba entre deslizar su lengua por toda mi intimidad, y usarla para dibujar círculos sobre mi clítoris. Creí que moriría si no lo tenía de inmediato dentro de mí.

Me estremecí cuando la primera oleada de placer me invadió, haciéndome saber que el orgasmo se acercaba. Aferré con más fuerza su cabello y sentí los dedos de la mano que sostenía mi pierna clavándose en mi muslo. Me quedé sin aire cuando aumentó la velocidad y sentí que mis rodillas se volvían de goma. Toda la habitación dio vueltas mientras me corría en su boca, pero solo bajó la velocidad un poco, sin detenerse.

Tomé aire con fuerza cuando fui capaz de hacerlo. Abrí los ojos con dificultad y lo vi mirándome con los dedos en la boca. Adoraba cuando hacía eso. Me mordí el labio. Dejó que apoyara en el piso la pierna que mantenía en su espalda y escuché cuando abría la cremallera de su pantalón. Bajé la mirada para ver qué tan excitado estaba. Su erección era más que notoria, y se me hizo agua la boca –y otro lugar del cuerpo- de solo mirarla. Sonrió con sorna al mirar mi expresión.

- ¿Lo quieres? –me preguntó descaradamente. Me estremecí y asentí con la cabeza. Su sonrisa se amplió y sentí sus manos rodeando mis tobillos.

Tiró de ellos haciendo que perdiera el equilibrio y cayera… justo en su erección. Sentí como me invadía hasta lo más profundo y solté un pequeño grito, en parte por la sorpresa, en parte por el dolor de una penetración tan repentina. Intenté levantarme un poco, pero me lo impidió tomándome de la cadera con fuerza.

- No te quites –susurró en mi oído. No estuve segura si sonaba como una orden o como un ruego. Me quedé quieta un segundo, apretando los ojos y jadeando, pero las ansias de ambos eran demasiadas como para detenernos por mucho tiempo. Gemí en una mezcla de quejido y placer cuando me moví de nuevo, comenzando un movimiento lento de cabalgata, hacia adelante y hacia atrás, a la vez que arriba y abajo. Lo abrazaba por el cuello para tener un punto de apoyo que no me estuviera penetrando.

Pegué el costado de mi rostro al suyo y presioné si boca contra su oído, respirando con dificultad. Sentí sus manos deslizarse hacia mi trasero y gruñó contra mi cuello.

- ¿Ya no te duele? –me preguntó entre dientes. Ahora su tono era desesperado y suplicante, aunque su voz no era más que un gruñido ronco. Negué con la cabeza, pero antes de que pudiera siquiera pronunciar una palabra, ya estaba presionada contra la pared de nuevo mientras me empalaba con todas sus fuerzas, apretándose contra mí en cada parte de mi cuerpo. Él permanecía arrodillado, conmigo acorralada entre el frío concreto y su caliente cuerpo contra y dentro del mío.

Su movimiento era frenético, casi furioso… y me volvía completamente loca. Me embestía penetrándome hasta lo más profundo en cada movimiento. Me estremecí de nuevo y lo sentí aferrándose a mí, dándose aún más fuerza. Inició arremetidas cortas, rápidas y fuertes que me llevaron a perder el control. Grité su nombre y escondí mi rostro en su hombro mientras me corría de nuevo, en un orgasmo intenso y agudo.

Me embistió moviéndose más ampliamente un par de veces más, mientras lo sentía viniéndose también. Solté el aire cuando él dejó de presionarse contra mí e intenté relajar mis músculos uno a uno. Ambos quedamos jadeando en el piso, él aún arrodillado, yo aún sentada sobre su miembro, sintiéndolo en mi interior.

Casi no podía moverme, pero jamás se lo diría, lo había disfrutado muchísimo, y el placer que me había dado superaba con creces el par de moretones que pudiera llegar a tener.

- Creo que está confirmado… -murmuró sin aire y la voz entrecortada.

- ¿El qué? –pregunté alejándome un poco para mirarlo.

- Me matarán –explicó como si nada. Hice un puchero y él se encogió de hombros con una mueca de despreocupación en la boca-. Valió la pena –agregó yo solté una carcajada muda y lo besé en los labios.

- No creas que será tan fácil –le reproché con tono entre jocoso y serio. Me miró con curiosidad-. Dijiste que nada te separaría de mí –argumenté-. Ni los Volturi, ni las manadas…

- Ni Edward, Bella y Jasper persiguiéndome con cuchillos y ballestas –concluyó. Me reí con ganas.

- Exacto –afirmé antes de besarlo de nuevo. Lo sentí volviendo a endurecerse en mi interior y me alejé para mirarlo con una sonrisa pícara en el rostro.

- Será mejor que nos marchemos –murmuró con expresión culpable-. No quisiera que se impacientaran por asesinarme –agregó mientras reía y salía de mi interior para luego ponerse los pantalones.

Comencé a vestirme y lo seguí cuando salió. No escuchaba demasiado dentro de la casa. Parecía estar completamente vacía. Me pregunté por un segundo de qué se trataba, pero luego agradecí al cielo que no hubieran escuchado mis gemidos. Todo tenía su lado positivo. Y ese pequeño escondite de seguro tenía muchos.
 

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Bueno, eso es todo... es bastante largo, pero no supe cortarlo. Lo hice con toda mi fuerza de voluntad... espero eso compense un poco el tiempo que tardé en hacerlo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Instintos Peligrosos - Cap 6 - Naty Celeste


Summary: Qué hubiera pasado si los papeles se hubieran invertido?

Disclaimer: Los personajes son de la grandiosa Stephenie Meyer, y la historia es mía =D

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Capítulo 6 Atrapada en la corriente

Cerca de las cuatro de la madrugada, tanto Edward como Bella intentaban recuperar el aliento. Quizás Bella no lo necesitara, pero en ese momento sentía como si fuera a morir si desaceleraba su respiración. Casi podía sentir su corazón golpeando contra su pecho, pero sabía que era imposible. Simplemente se trataba del de él, retumbando en su cuerpo a causa de la cercanía.

Justo entonces ella se encontraba debajo de él, con los labios apoyados en su piel. Al terminar, segundos antes, él había escondido el rostro en su hombro, dándole el acceso perfecto a su cuello. Bella cerró los ojos con fuerza, intentándolo. Sabía que debía morderlo, era su oportunidad. Habría otras, pero seguramente, ninguna mejor. Él estaba exhausto, demasiado agitado como para gritar, su sangre se notaba caliente y alborotada en sus venas, como un plato servido. La boca se le llenó de ponzoña de solo pensarlo, pero por alguna razón, sus labios no se retraían para dejar al descubierto sus dientes.

¿Qué rayos le sucedía? Lo observó incorporándose, sus mejillas aún coloreadas por la excitación, y su cuerpo brillante por el sudor. De todos modos olía de maravilla. Ella se mordió el labio y el sonrió de lado y se dejó caer a un lado en el estrecho colchón. Su respiración continuaba acelerada, así como el latido de su corazón, pero su mirada era tranquila. Jamás había estado más relajado.

Bella miró el techo por un minuto, temerosa de encontrarse con su mirada de nuevo. Era demasiado intensa. Tragó el veneno que se acumulaba en su boca y volteó finalmente. Él sonrió de nuevo y pasó las yemas de sus dedos por su rostro, acariciándola desde el nacimiento del cabello hasta la mandíbula.

Lo miró largo y tendido a los ojos, acomodando el ritmo de su respiración a la de él.

- Eres tan hermosa… -susurró casi sin sonido, parecía estarse quedando dormido. Ella le sonrió por instinto, pero cuando pensó en lo que hacía se preguntó por qué no había necesitado fingir esa sonrisa. ¿Por qué sería tan fácil comportarse naturalmente con él? No era más que un simple humano. Por un segundo, justo después de que los ojos de Edward se cerraran por el cansancio, una idea se cruzó por su mente.

Podía transformarlo. Podía tenerlo para siempre de esa forma. Con ella. Pero luego sacudió la cabeza descartando la idea. Eso era ridículo. A penas lo conocía. Y él era solo un niño. Un adolescente cualquiera. Nada especial –se repitió a sí misma.

Volteó para encararlo y lo miró durante un largo rato, prestando atención a la forma calmada en que respiraba, llenando sus pulmones con un ritmo tranquilo y regular. Después de un momento, sus ojos comenzaron a moverse. Estaba soñando. Por un momento deseó poder ver lo que ocupaba su mente, pero luego gruñó para sí misma y apartó la mirada. ¿Cómo podía ser que un humano la intrigara de esa forma?

Era ridículo… imposible. Incluso aunque lo transformara, todo lo que conseguiría sería un inmortal con el que probablemente no tendría nada en común, acosándola por el resto de la eternidad.

Cerró los ojos y deseó poder patearse a sí misma cuando notó que estaba considerando de nuevo la idea de transformarlo. Era patética. Tomó aire con fuerza, dejando que el ardor le quemara la garganta, tan exquisito como tortuoso. Abrió los ojos y lo miró, concentrándose en el latido de su corazón, ahora aletargado y sereno.

Le prestó atención a la sangre en sus venas, y sintió el veneno inundando su boca de nuevo. El chico era apuesto, cierto… pero tenía que considerarlo fríamente: no habría ningún tipo de futuro posible con él. Podría pasarla de maravilla en la cama con él, pero tarde o temprano lo mataría. Eso era inevitable. Y lo mejor sería hacerlo pronto. Se mordió el labio con fuerza cuando él se movió y una de sus manos se apoyó en su cintura. El calor que le recorrió el cuerpo, en forma de choques eléctricos, la dejó sin aire.

Maldición, tendría que hacerlo esa misma noche. No podía correr el riesgo de dejarlo pasar. Sacudió la cabeza y tomó aire de nuevo, sintiendo la sed tomando el control y comenzó a acercarse dudosa hacia su piel.

No supo exactamente porqué, pero sintió que la presión en su pecho se deshacía cuando la alarma del reloj la interrumpió. Ni siquiera había sido realmente consiente de la presión hasta que identificó lo que le sucedía. Estaba aliviada. Respiró tranquila cuando él abrió los ojos, en parte por que se sentía de esa forma, en parte para fingir que dormía.

- Demonios –lo escuchó murmurar con la voz pastosa, y fingió abrir los ojos, como si a penas estuviera despertando.

- ¿Qué sucede? –le preguntó con un tono que sonaba perfectamente cansado.

- Lo siento, no quise despertarte –se excusó él en un susurro, y luego se llevó las manos a la cara, restregándose los ojos-. Es solo que debo irme –sonó como una queja, pero no tardó en incorporarse y comenzar a vestirse. Cuando se sentó en la cama, Bella no pudo hacer más que observar los marcados músculos de su espalda marcándose mientras se inclinaba para atarse las agujetas. Consideró por un segundo el invitarlo de nuevo a la cama, pero luego sacudió la cabeza con fuerza.

- ¿No puedes quedarte? –murmuró en voz baja, no estaba segura si lo que quería era tomar su sangre, o su cuerpo. Él volteó el rostro e hizo una mueca con la boca en su dirección.

- Lo siento –repitió-. Es que un amigo y yo siempre salimos a trotar por la mañana –pero tu puedes quedarte unas horas, si así lo prefieres.

- ¿Nunca faltas? –levantó una ceja y lo miró al tiempo que él se levantaba para calzarse los pantalones.

- De hecho, no –respondió negando con la cabeza-. Si no voy, Carl sabría que algo sucede.

Bella dejó salir el aire que guardaba en sus pulmones y se dejó caer en la cama, cubriéndose los ojos justo como él lo había hecho antes. Otra vez se sentía de esa forma tan estúpida, tan ridícula. Se sentía… aliviada. Aliviada por no tener que matarlo para probarse algo a sí misma, aliviada por saber que no lo mataría ni siquiera por accidente por lo menos en las horas más próximas.

- ¿Estás bien? –le preguntó Edward apoyando una rodilla en el colchón e inclinándose sobre ella. Cuando sintió las yemas de sus dedos rozando su rostro, se descubrió los ojos para mirarlo. Sintió que el pecho se le inflaba por una simple mirada, y deseó no sentirse de esa forma. Deseó poder ignorarlo, desviar la mirada y marcharse sin mirar atrás. Ahora sabía que no sería posible.

Y el hecho de que él se acercara y la besara con tanta naturalidad y suavidad a la vez, solo hizo que estuviera más segura de ello.

- No quiero que pierdas tu trabajo –susurró luego de alejarse. Eso no hizo más que empeorarlo. Sólo le demostraba que se preocupaba por ella, cuando la única razón por la que estaba ahí había sido para matarlo. Cuando se fue, a penas eran las cinco. Dudó por un segundo, deseando poder llorar.

La frustración la embargaba casi tanto como la sed. Era la primera vez desde que la habían transformado en la que quería que un humano continuara vivo luego de su relación. Incluso más que eso: no quería que la relación terminara en absoluto.

Edward confió en que correr le ayudaría a despejarse la mente tanto como siempre, pero esta vez, no era suficiente. No podía dejar atrás lo que sentía, no podía encerrarlo en una parte de su cuerpo, como había hecho con tantos otros deseos. Cerró los ojos mientras estiraba sus músculos, extendiendo sus brazos por encima de su cabeza, y la recordó. Recordó la forma en la que la había visto, en que la había tocado, sin poder evitar estremecerse al recordarla susurrando su nombre.

Y luego recordó su sueño… su dulce sueño, alzándose como una realidad alternativa ante sus párpados cerrados. La recordó corriendo a su lado en el bosque, riendo y bromeando despreocupadamente… caminando aferrada a su brazo por el centro de la ciudad, orgullosa de mostrarse ante todos como parte de él.

De no ser porque Carl lo esperaba, hubiera vuelto arriba en un dos por tres, sin siquiera dudarlo. No parecía ser capaz de mantenerse alejado por siquiera unos minutos, sin pensarla constantemente. Jamás había conocido a alguien así. A una mujer tan impresionante, tan interesante… que lo atrajera tanto. Sentía que se desvanecería en el aire si no le veía de nuevo pronto. Como si simplemente fuera a dejar de existir, si ella no estaba ahí con él. Como una droga –pensó, y luego suspiró con fuerza y comenzó a correr. No tenía problema de volverse un adicto, si la droga podía ser tan increíble.

Por su parte, Bella gruñó al aire y se levantó para vestirse. Aún podía recordar con claridad la forma en la que la había besado antes de irse. Tan dulce, tan sincero. Y como si eso fuera poco, cada parte de su piel en la que la había tocado se sentía ardiendo, recordándole la electricidad que la recorría cada vez que la acariciaba. Bufó indignada consigo misma y miró por la ventana para verificar que no hubiera nadie alrededor, antes de saltar al jardín trasero de la casa.

La sed la estrangulaba con demasiada intensidad y todo lo que quería era matar a alguien. Lo necesitaba. Pero por más que intentó concentrarse, el único aroma que le llamaba la atención era ese rastro. Inconfundible y agobiante. Era él. Podría encontrarlo con tanta facilidad como si se tratara de alguien que conocía de toda la vida. Y eso hizo. Sus pies comenzaron a seguir ese aroma tan irrazonablemente familiar.

Lo observó a la distancia, desde el bosque. Corría a una velocidad bastante alta para ser un humano. Incluso dejaba a atrás a su amigo continuamente. Se dedicó a seguirlo, sigilosa, escondida entre las sombras de la noche y los árboles. Lo miró con detenimiento, su corazón golpeando en su pecho por la carrera, el sudor bañando su cuerpo.

Cuando se obligó a sí misma a dar un paso en su dirección, un nudo en su garganta hizo que ya no pudiera avanzar. Era demasiado. El latido de su corazón la llamaba, la tentaba, pero no podía ser quien lo detuviera. No podía hacerlo. Cuando él se alejó de nuevo, ella volvió a correr para adelantarlo y poder ver su avance de nuevo.

Se apoyó contra el gran tronco de un viejo árbol y contuvo el aliento.

- Así que… -murmuró Carl casi sin aliento, llamando la atención de Edward.

- ¿Sí? –preguntó éste.

- Escuché que Jessica te invito al baile –por alguna razón que no pudo entender completamente, Bella se envaró, mostrando los dientes a la nada. Edward asintió-. ¿Irás? –concluyó su amigo, pero él ya estaba negando con la cabeza.

- No me interesa Jessica –soltó en tono cortante. No parecía querer continuar con la conversación, pero Bella jamás había escuchado un tono tan sincero.

- ¿Tania? –adivinó el otro. Una vez más, las manos de Bella se volvieron puños.

- Nop –respondió de nuevo, y una sonrisa se asomó por su rostro. Claro que Carl no la vería, Edward ya estaba demasiado adelante como para que pudiera verle la expresión-. Vamos, te reto –lo apremió.

Una sonrisa también se extendió por el rostro de Bella, que aún seguía con la mirada clavada en la curva en la que habían desaparecido. No podía creerlo. La estaba protegiendo. A ella. Aspiró aire con fuerza y de nuevo su aroma la golpeó repentinamente. Cerró la boca y apretó los puños de inmediato, intentando luchar contra el deseo de perseguirlos y morderlos a ambos. No podía hacerlo.

Comenzó a correr con toda la velocidad de la que era capaz, adentrándose en el bosque para escapar de sus instintos, de sus ansias. Esperó encontrar algún excursionista perdido, pero no tenía tanta suerte. Todo lo que fue capaz de detectar, fue un enorme león de montaña, preparándose para cazar.

A penas escuchó el pesado latido de su corazón, no pensó dos veces antes de atacarlo, clavando sus dientes en la cálida piel del animal en a penas una milésima de segundo.

Al sentir la tibia pero extraña sangre inundando su boca, un pensamiento recorrió su mente de igual manera. Una certeza que la recorría por completo, llenándola de miedo… Y es que de una cosa estaba completamente segura: ya no había vuelta atrás. Estaba, y siempre estaría completamente enamorada de Edward Cullen.


AULLA!!

Pueden robarte cada frase, cada palabra, cada suspiro y hasta el ultimo de los alientos. Pero, hay algo que tu sabes y que todas sabemos... aunque te roben todas tus ideas siempre tendras mas y mejores, por que luego de cada golpe siempre volveras mas fuerte.
Gracias Annie...